Yo odiaba los cuentos de princesas.
Luego ella apareció. Se empeñó en su necesidad de contarme uno noche tras noche.
-Es para que duermas mejor, me decía. Y yo a regañadientes lo escuchaba lo mas atentamente que podía, porque como descubriera que no lo hacía, entonces sí que iba a dormir bien esa noche.
Lo cierto es que empezaron a gustarme aquellos cuentos. Historias de princesas que iban en vaqueros, que se tiraban pedos, que lloraban de rabia si se le estropeaba la bechamel, y que encontraban solas su otro zapato perdido (ese que acostumbraba a "perderse" debajo del sofá).
Fueron tantas las noches y tantos los cuentos, que la propia Sherezade se arrodillaría a sus pies. Y yo, que tanto los odiaba, daría lo que fuera por un último cuento más esta noche.
No hay comentarios:
Publicar un comentario