Aún recuerdo el último día. Ella y yo estábamos sentados en mi salón, en aquel sillón diminuto de la esquina en el que no cabíamos, pero que preferíamos a pesar de tener un enorme sofá al lado. Yo, yo prefería ver sus ojos verdi-marrones más cerca y ella, bueno ella no sé qué prefería, pero se acurrucaba como un ovillo de lana entre mis brazos.
Aún hoy puedo ver como si fuera una película, sus labios moviéndose mientras me decía: ¿me echarás de menos? Y aún hoy maldigo la contestación más cobarde que pude darle: no sé, luego te cuento.
Sus ojos de tristeza aún aparecen cada vez que cierro los míos. Ahí están recordándome lo imbécil que fui.
Lo peor es que ahora que ha vuelto la echo de menos. Pero ya lo hacía en aquel estúpido instante en el que mi mundo caía la velocidad de su mirada
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