Llega al instituto, y esa pequeña de catorce años se da cuenta de
que lo que le gusta es el inglés. ¿Por qué? Pues ni idea. Ella aún no lo sabe.
Después decide ir de intercambio
a ese país del norte, dónde vive la reina madre y dónde todos hablan
susodicho idioma, y claro ya empieza a verlo todo más claro. A ella lo que de verdad le gusta es algún que otro hijo de la gran Bretaña. Rubitos, ojitos azules y esas cosas. Y ya por último estaba aquello de ver a su madre
y a su abuela súper orgullosísimas porque su hija/nieta habla un inglés supercalifragilísticoespialidoso. Eso es lo que creen, y dejemos que lo sigan haciendo.
Pero todo eso le sirve, para
darse cuenta, que lo que verdaderamente le gusta es comunicar, que le gusta
transmitir, y ayudar a que la gente llegue a
entenderse para poder así ver la sonrisa en la cara de aquellos que consiguieron. Descubrió que le gustaba más de la cuenta
memorizar palabras, frases y textos en ambos idiomas; que no podía pasar la
página de un libro sin buscar esa palabreja que no entendió; que no podría dormir
si no hallaba la correspondencia de ese dichoso vocablo en la otra lengua; y que ya
no podía vivir sin un diccionario.
Decidió estudiar traducción e
interpretación (y no, no quería ser actriz que quede bien clarito), porque es
muy bonito lo de enseñar pero se le quedaba corto. Por eso, cuando llegó su
momento eligió esa carrera. No era lo que se esperaba, pero allí le contaron
miles de cosas que bueno, eran interesantes.
Le dijeron que no todas las palabras existen en todos los idiomas, y
que solo las importantes coinciden como agua o corazón; o que los esquimales
tenían más de cien términos para describir los diferentes tipos de blanco de la nieve. Le
hicieron estudiar hasta la saciedad que la lengua aunque bien pueda crear por
si misma todo lo que necesita con sus propios mecanismos, no es nada sin el
lenguaje corporal. Aquello que tuvo que aprender a golpes de martillo y que
muchos lingüistas llaman información pragmática. Pero a pesar de todo, siguió
creyendo que la lengua era el mejor recurso que el humano poseía, y que a veces no necesitaba nada más.
Pero ahora llega él. La mira a
los ojos y le retira el pelo de la cara con sus dedos. Y ella, defensora a
ultranza de las palabras, se queda sin ellas. Cuando llega a casa, coge papel y lápiz e
intenta poner por escrito, aquello que le hizo y aquello que sintió, pero
el papel sigue en blanco y el lápiz no se mueve. Y es que no. No hay ni habrá palabras para
eso.
ÁngelaNG.

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